Después de tres días de agotador viajar, hoy es nuestro segundo día en Erzurum. Desde la habitación 201 del Yeni Çinar Oteli, sentado sobre una silla y Machús dormida sobre la cama, me dispongo a contar este día de hoy. El reclamo a la oración del muecín penetra por la ventana abierta, que no solo deja entrar la fresca brisa del atardecer, sino también la vida de la bulliciosa calle de abajo. El griterío y risas de niños y mayores que juegan con una cometa que vuela por lo alto sobre los negros tejados de zinc, se entremezcla con el vibrante golpeteo del martillo sobre finas chapas de metal de los artesanos que fabrican objetos de lo más diverso. Nos sentimos en paz y extrañamente seguros después de días de prisas, fronteras, largas esperas y agotadoras jornadas de autobús
Hoy el día comenzó desayunando cereales con fruta y yogur en la espaciosa habitación recién pintada de un color rosa pastel. El sol penetraba por la ventana y ya calientaba. Nuestros estómagos no estaban para mucho, quizás por los nervios de tener que pagar y volver a ver al enjuto funcionario Iraní con su inquisitiva y penetrante mirada.
Trás el pago y la visita por segunda vez al consulado y conseguir solo 15 días de permiso para visitar su país, decidimos volver al hotel para luego hacer algo de turismo. Antes de llegar paramos ante el destartalado edificio donde se encuentra el
Kirkçesme Hamami o baño turco para que nos entendamos. Todo va según lo planeado, nos informamos sobre los precios del Hamman y decidimos volver después de tomar un descanso en el hotel. Seguimos camino hacia el hotel y paro atraído por el pequeño establecimiento donde varios señores participan activamente en la fabricación de
lavas ekmek, un pan fino que se cuece pegando la fina masa contra las paredes del
tandir, un horno profundo de paredes verticales. Este pan semejante a una sábana es utilizado en los famosos kebabs. Aquí nos quedamos un buen rato viendo como preparan la masa y como la azotan contra las paredes de este arcaico horno. Por supuesto somos invitados a probar tan delicioso pan recien hecho y el çay (Chay) con limón tan típico de esta zona no faltó. Sacamos fotos y prometemos enviarlas a un correo electrónico que nos dan. Seguimos camino y a los poco metros nos invitan a comer en la
lokanta (restaurante) próxima al hotel. En un primer momento declinamos la invitación, ya que habíamos comido hacía poco y no nos apetecía demasiado. Machus se fija en un delgado señor mayor vestido con un chaleco de ciclista. Entablamos conversación con él, le enseñamos las bicicletas y pronto aparecen varios jóvenes interesándose por ellas o por ella, no lo sé, son profesores de educación física y montañeros. Insisten en invitarnos a comer, un amigo celebra la despedida de soltero o eso entendemos, esta vez no podemos rechazar la invitación y en un abrir y cerrar de ojos nos vemos sentados en una mesa con seis jóvenes, enseñando fotos de nuestro viaje y comiendo arroz con
dana kebab, carne de vacuno. El arroz lo agradezco sobremanera, hoy el estómago anda algo impertinente y mis cuartos traseros deben hacer horas extras para contener el contenido de mis tripas en su sitio, evitando que se disparen a capricho. Machus, con un extraño rictus, poco diplomática y ceño fruncido, rechaza tras un corto sorbo la sopa hecha a base de yogur agrio y finas hierbas, pero no el delicioso postre de extremo dulzor como todos los dulces de Turquía
De todos los nombre nos quedamos con solo tres y eso porque nos los escriben: Erkan, Faruk y Erhan, los demás quedan en el olvido. Erkan de baja estatura y fornida complexión a la turca tiene 27 años y es profesor de educación física y montañero como sus otros dos hermanos. Faruk, un año más joven, de complexión más delgada, es profesor de turco, ambos se asombran al decirles que tenemos cerca de cuarenta. Nos dicen que aparentamos muchos menos con cara de total sinceridad, aquí la gente aparenta muchos más. Acabamos y nos invitan a tomar unos çays en un çay salonu cercano. Chay va y chay viene y de los planes establecidos nada de nada, entramos a comer con poca gana a las 13:00 y hasta las cuatro de la tarde no volvemos al hotel, eso si hemos pasado un buen rato y conseguido reparar las chapitas de mi remolque gracias a la intervención de nuestros anfitriones ¨de hoy. Despedidas, intercambio de correos y buenos deseos.
Por la tarde nos dirigimos al hamam, pero antes nos desviamos a realiza alguna compra. Mi enorme capacidad de orientación nos lleva por atajos y a una pérdida segura. En un descampado nos encontramos con varios niños callejeros, de esos que nada más verte te tocan las partes púdicas pidiendo money. Esto es una clara señal del grado de asilvestramiento desarrollado. En el dosolado y gris descampado brillan como esmeraldas verdes plantas de marihuana con un intenso aroma, intento sacar alguna foto y los niños no hacen más que ponerse delante con gestos posiblemente obscenos de turca interpretación. Ante tan descarada insistecia decidimos retroceder, pero no siempre es lo mejor dar la espalda a un guaje con una piedra en la mano. Justo a la salida Machus es alcanzada en el hombro por tal piedrita mientras giraba para cubrir su retaguardia. Ve a la inocente criatura en plena acción y comenta: -
ha sido el pequeño-. En cuestión de milésimas me encuentro en plena persecución por los lúgubres y húmedos callejones de un barrio de Erzurum. Corro detrás del grupo, las dulces gacelas se lanzan en un frenético esprint sin advertir que él que les persigue es perro viejo, pero no tonto y a las largas serán cazados. El grupo comienza a disgregarse, pero el cazador ya tiene a la víctima en el punto de mira. La manada esquiva y salta sobre los grises charcos de sucia agua, el viejo los rodea y en la última esquina la joven gacela en un grito desesperado se da por vencida. Le cojo del brazo y con un me
cagüen D... le suelto un somero bofetón a la antigua usanza, sin miramientos, dejandole la orejita de un rojo tomate turco. El no tan inocente joven lanza un grito de terror, no de dolor, puesto que mis fuerzas van medidas respecto al tamaño del pequeño cuerpo y cabeza. Vuelvo a levantar la mano amenazándole con darle una ostia a la española, el niño se cubre la cabeza, vuelvo a levantar la mano y le dejo libre. Su castigo ha tenido, la ley de la causa-efecto ya está cumplida. Antes de lanzar una piedra se lo pensará mejor.... Al menos se planteará si puede correr lo suficiente.
Conseguido nuestro objetivo, comprar, nos dirigimos hacia el hamam, pero esto es otra historia.